lunes, junio 16, 2008
Trayecto De Olivos A San Telmo
Un sábado, al regresar de una fiesta a eso de las seis de la mañana, H. toma un taxi que lo lleve a casa. El taxi pasa por barrios y avenidas que H., a pesar de estar afectado por las cervezas que ingirió, está seguro que no conoce y nunca ha transitado, sin embargo, de un extraño modo, H. siente una lejana familiaridad con tales rumbos. Quizá, piensa para sí mismo, es porque, en esencia, todas las calles del mundo son idénticas, pero, antes de terminar la frase H. se corrige y asegura que todas las calles del mundo son la misma calle. En esto está ensimismado cuando el taxista comienza a charlar de diversos temas que, le parecen a H., vagos, confusos, cargados de una extraña propiedad que le impide opinar o al menos asentir o negar a lo que el conductor expone con un acento que, además, le resulta distinto del acento argentino. Mientras el taxista habla de banalidades, H. se va enterando, poco a poco, como si rescatara palabras clave del extraviado monólogo del conductor y luego las entrelazara para formar ideas más sustanciales, que quien maneja el taxi no es argentino, sino colombiano, que lleva más de tres años viviendo en Buenos Aires y que, para ganarse la vida en tal ciudad, en ese tiempo ha ejercido más de diez empleos, que mesero, que repartidor, que vendedor de mostrador, que lustrador de zapatos, que ayudante de carpintero, entre otros, hasta llegar así a manejar un taxi que no es de él, sino de un amigo que se lo alquila por unos cuantos mangos. A H. le parece que el discurso del taxista ha terminado, pues éste, así como así, comienza a hacer una pregunta tras otra. H. le cuenta que es de México y que está estudiando acá, que vive con un amigo también mexicano, que rentan un departamento en el viejo barrio de San Telmo y que la escuela donde cursan está en Palermo, uno de los tantos barrios que se están poniendo de moda a base de bares, discotecas, tiendas de diseñador, restaurantes caros para gente linda. Como que no quiere la cosa, el diálogo se va desviando y comienzan a hablar del fútbol mexicano, del fútbol argentino, del colombiano, aunque de éste último la plática no dura ni dos minutos. También hablan del fútbol inglés, el cual, coinciden, es el mejor del mundo. Indudable, inevitablemente, para dos extranjeros que se encuentran, un tema obligado es la comida. H. explica que, lo que más extraña de su país, no son precisamente los platillos con picante o las tortillas o los frijoles, sino, en orden de importancia, la familia, los amigos y el trato de la gente. Al escuchar esto último, el colombiano toma aire y suelta una extensa perorata acerca de la forma de ser del porteño, de su distanciamiento y renuencia a convivir con el extranjero, y entonces toma como referencia al pueblo de Corea del Sur, y explica que, según él, luego de años de unión y adhesión ante dificultosos eventos históricos que tuvieron que enfrentar, como guerras civiles y golpes de estado, la población en promedio experimentaba una rara dificultad de apertura hacia nuevas tendencias u otras culturas. Después, aunque esto H. lo escucha con los ojos entrecerrados, viendo por la ventana cómo se pierde la gente que está en la calle a esa hora, el taxista explica que luego de la explosión de la cultura de masas y de la sociedad del consumo, tal reticencia se vio un tanto menguada, a tal grado que ahora una especie de prueba o de evidencia o de demostración de esto, es ir por las calles de Shangai o de Seúl viendo diversas parejas multirraciales. H. asiente pensativo y un tanto sorprendido a lo que el conductor expone. H. dice que uno nunca va a conocer realmente los pensamientos de los demás, mucho menos los de quienes pertenecen a otra nacionalidad, pues algunos pensamientos están entonces en otro idioma. Luego la plática encoge, y como en toda plática que va disminuyendo, se toma el último recurso, así que el taxista le pregunta a H. que si sabe por qué los mexicanos no juegan al billar. H. contesta que no, y el conductor le dice que porque siempre se comen los tacos. H. sonríe sin muchas ganas, no sabe si por lo malo del chiste o por el sueño o por la borrachera que le embargan, entonces luego pregunta, mientras a lo lejos se divisa el edificio donde vive, que porqué los colombianos no juegan al béisbol. El conductor lo medita un poco, pero al final dice que no sabe, entonces H. revela que se debe a que se aspiran todas las líneas. Al colombiano parece no haberle hecho gracia, pero a H., que observa cómo el último semáforo que van a cruzar pasa del rojo al amarillo, y del amarillo al verde, se le dibuja una tibia sonrisa, no sabe si por el chiste o por el alivio de haber llegado a casa.
jueves, junio 12, 2008
Delivery
Es el último jueves de otoño, un otoño frío y lleno de extraños vientos, de malos vientos que corren y se estrellan contra los vidrios de un edificio de la avenida Corrientes. H. está sentado frente al computador de su trabajo con el auricular del teléfono en el oído, mientras el dedo índice de su mano se encarga de presionar, en el teclado del teléfono, los botones que conforman un número telefónico. Entonces alguien atiende, una voz apurada, cansada o triste, la voz de una mujer que H. no conoce y que quizá nunca va a conocer. La mujer le pregunta a H. el pedido, y éste responde que se trata de unas empanadas, unas cuántas de jamón y queso, unas cuántas de carne, dice H., cuando en realidad el relleno y la cantidad es lo que menos le importa. A decir verdad, tampoco le importaría si en lugar de empanadas le enviaran una hamburguesa, una pizza o una ensalada. Escuchamos decir a H. que pagará con importe exacto y después, con una inflexión ahogada en pesadumbre, susurra la dirección de la oficina, para después colgar y seguir en lo suyo, que es trabajar, aunque también puede que finja hacerlo. Luego de unos minutos, al escuchar que alguien toca la puerta, H. se pone de pie y se dirige a recibir el pedido. Quien lo entrega es un tipo alto, rubio, con los brazos llenos de tatuajes y con un rostro que, piensa H., bien podría ser el típico rostro del típico argentino típico. Luego de hacerse efectiva la entrega, H. paga y se despide del repartidor, para después tomar la bolsa que contiene las empanadas y posarla sobre el escritorio sin cuidado alguno, incluso con un gesto que mezcla indiferencia, derrota y rencor. Sentado en la silla, con la vista perdida en un viejo monitor, H. toma de nuevo el teléfono, marca el mismo número que marcó antes y, como si repentinamente se hubiera vuelto alérgico a las empanadas que pidió, ordena unos ravioles con estofado. El diálogo entre H. y la voz desconocida no es tan disímil del que se dio minutos antes, pues la mujer pregunta la dirección y H. se la dicta, la mujer pregunta si el pago será con la cantidad exacta y H. afirma que sí, entonces ambas partes acuerdan despedirse, cuelgan y H. queda de nuevo en el vacío de la espera, en el limbo de los minutos que discurren con la parsimonia y con el inexacto, casi invisible, avance de un incienso que se consume lentamente. Ahora H. se irgue de su lugar de trabajo y, acercándose a la ventana que da a una concurrida avenida del comercial y tumultuoso barrio de Once, comienza a armarse de calma mientras observa desde las alturas de un sexto piso a los colectivos que van y vienen, los motociclistas, los vendedores callejeros, los autos sucios y grises, los peatones, que no son más que gente que camina perdida por la calle de la misma manera en que avanza perdida por la vida. H. percibe una postal citadina, una postal sureña que, a sabiendas de que será retratada, se emperifolla con una sordidez, con una insignificancia, con un mutismo tan propios del tercer mundo. El múltiple golpear a la puerta extrae a H. de estas vaguedades mentales, así que se dirige a recibir el pedido de los ravioles. Al abrir la puerta advierte que ahora quien realiza el envío, a diferencia de la ocasión anterior, es un señor ya entrado en edad, moreno, cabello entrecano y estatura más bien baja. Al verlo bien, H. piensa que puede no ser originario de Argentina, sino más bien boliviano, aunque su acento, cuando lo escucha hablar, se acerca más al habla de los peruanos. La transacción de monedas y del encargo se realiza con agilidad, no así el consumo de éste último, pues, al retirarse el repartidor, H. se acerca de nuevo a su escritorio, posa la bolsa con el platillo al lado de la bolsa que contiene las empanadas y se vuelve a sentar, inquieto, pensativo, en una silla que no para de temblar debido al sismo interno que aqueja a H. Un poco hastiado de la situación, toma de nuevo el teléfono, marca el número ya marcado, le atiende la voz ya escuchada, solicita el envío de un choripán con papas fritas, y, no importándole que sea la tercera orden en menos de una hora, H. dicta de nuevo la dirección, explica que el pago será con el importe exacto y cuelga el teléfono, para después levantarse a mirar por la ventana mientras espera lleno de ansia. Cerca de diez minutos después, el sonido de la puerta siendo golpeada llega a oídos de H., quien, inquieto, excitado, se apura a abrir. Una chica saluda a H. y le entrega la orden. H. la mira, la estudia, ahonda en sus rasgos, en sus facciones, teme entrar por sus ojos y no poder salir jamás. Ella no es Natalie Portman, no es Penélope Cruz, no es Scarlett Johannson, es sólo un cuerpo imperfecto que entrega una solicitud que ya no importa. H. paga con la cantidad exacta, se dan las gracias mutuas y se despiden. Satisfecho, H. desenvuelve el pedido y está a punto de comer, pero se da cuenta que el hambre ha pasado, ese inmenso hueco que le consumía el estómago ha dejado de estar ahí para pasarse a otra región de su anatomía, una quizá más profunda, una quizá más frágil aún. Entonces H., carente de apetito, toma el último paquete más los dos anteriores y los guarda en un pequeño frigorífico, donde hay otras seis bolsas idénticas. H. intenta ponerse a trabajar pero sabe que es inútil intentarlo, además de que no puede trabajar con el estómago vacío, a pesar de la falta de apetito. Entonces se acerca a la ventana a esperar a que el hambre apremie de nuevo, y, varias horas después, cuando esto sucede, H. toma el teléfono y marca el número ya conocido.
domingo, junio 08, 2008
Pasillo Y Ventana
Digamos que H. se inscribe a un curso. O a dos. Digamos que son cursos intensivos de diseño gráfico. Aunque también pueden no serlo. Entonces para ir a la escuela a anotarse, H. camina cerca de 40 minutos, no porque no tenga dinero para pagar un taxi, colectivo o subte, sino porque H. es una de esas pocas personas que, en estos tiempos, en estos días, le halla un extraño gusto a caminar largos tramos y a observar todo lo que encuentra en el camino. Tan es así que, después de registrarse en la institución educativa, se inventa un paseo donde no existe el lejos ni el cerca, entonces se mantiene caminando sin dirección fija por un buen rato, hasta que el cansancio le indica que hay que volver a casa. Al regresar, luego de haber agotado kilómetros sin rumbo alguno, decide tomar un colectivo. Digamos que es así como de pronto se ve sentado en un asiento contiguo a la ventana del línea 29, mirando a través de un cristal que no es más que la frontera entre un exterior y un interior imaginarios. En una de tantas paradas que hace el colectivo, H. se da cuenta que alguien se sienta junto a él, por lo que, instintivamente, en un acto reflejo, voltea disimuladamente hacia su izquierda y logra advertir que es una chica con pinta de venir del colegio, falda a cuadros, medias oscuras, mochila en el regazo. H. continúa mirando por la ventana hasta que, de un modo algo extraño y atípico, la pierna de la chica comienza a rozar la pierna de H., un roce, digamos, distinto al roce común de piernas que se da entre vecinos de asiento, un roce, digamos, más estrecho, más cálido. Digamos también que H. es un hombre cabal, educado, con aún cierto sentido de la moral y también, en cierta medida, introvertido. Entonces, evidencia de estas virtudes o defectos o como sea que se les quiera catalogar, H. recorre, discreto y sutil, su pierna izquierda para cortar con aquella ligera transgresión al espacio personal, pero la chica, o la pierna de la chica, parece insistir y se apoya de nuevo en el muslo de H. Antes de pensar en la remota, lejana, distantísima posibilidad de un flirteo, H. piensa en la edad de la muchacha, si es que se le puede llamar así a una mujer que viste uniforme de secundario y que a lo sumo tendrá quince o dieciséis años. H. aleja su pierna, de nuevo, de la pierna de la chica, pero cuando el camión pasa una curva, la extremidad de ella vuelve a caer en la incómoda posición anterior. H. ya no puede recorrer aún más la pierna, pues de hacerlo tomaría entonces una posición no muy confortable y, sobre todo, nada acorde a su virilidad, además de que sería más que evidente el rechazo o temor o nerviosismo que le embarga, y ni en broma considera la opción de expresarle a su vecina de asiento la incomodidad con la que lo hace viajar al apoyar su pierna en la de él. Suficientemente embarazosa le parece la situación tal como está, así que para qué empeorarla. Así las cosas, H. decide ignorar el asunto, y cuando mira por la ventana, tratando de continuar en lo que estaba cuando ocurrió la difícil interrupción, el colectivo está pasando justo frente a una comisaría de policía, por lo que le es inevitable, sintiendo el vaivén de la pierna vecina cada que el colectivo frena, arranca, dobla y vuelve a frenar, imaginarse tras unas celdas porteñas luego de una acusación de corrupción de menores. Unas cuadras después, la parada donde H. baja se avista. Cuando H. se levanta y le pide permiso a la chica para poder salir del asiento y del embrollo, hacen contacto visual, permitiéndole a él conocer el rostro de ella. H. se da cuenta de que no es nada fea, sino que, contrariamente a lo que se imaginaba, es muy bonita. Ella se pone de pie para que H. pase. Cuando H., rápidamente, le da las gracias, descubre, o cree descubrir, una tímida sonrisa nerviosa oculta bajo el rostro de la chica, un rostro bello y singularmente traslúcido, transparente. H. desciende del colectivo y cree estar seguro que ella se ha mudado al asiento de la ventanilla y lo está mirando. Paranoia de todos o de unos pocos. A H. lo consume la duda y piensa en voltear y confirmarlo, aunque inevitablemente piensa también en la edad de la chica. Al final, decide no averiguarlo nunca, vivir con la duda, y no voltea. H. camina sin prisa hacia su casa mientras el colectivo se aleja.
sábado, junio 07, 2008
Cortado
Una noche antes, H. sale tarde de la escuela. Con tarde nos referimos a las once y media, o bien, once con cuarenta, o bien, doce de la noche. En lo que camina hacia la parada del colectivo, en lo que éste tarda en pasar y en lo que hace de trayecto, cada vez son más son las silentes luces que se encienden en la calle y menos los kioscos que permanecen abiertos, por lo que le es imposible a H. hacerse de comestibles y de algunos otros artículos de necesidad básica que le están faltando. A la mañana siguiente, cuando H. despierta para ir al trabajo, le embarga un inquietante frío infernal, un frío de magnitudes extrañamente contradictorias, como cuando esos días calurosos de verano, de tan tristes y deprimentes, se vuelven calurosamente helados, gélidos, polares. H. prepara un café que sirve en una taza que días antes compró en una cafetería que está cerca de su casa, una taza que, piensa ahora que la tiene en sus manos, nadie hubiera comprado. Luego abre el frigorífico y, entre la precariedad de su contenido, elige uno que otro ingrediente para hacerse un desayuno de receta improvisada. Una vez preparado, se sienta frente al televisor, con el plato en el regazo, la taza con café humeante en la mesita del living y el control remoto en la mano izquierda, que usa para encender la tv y chequear la temperatura en el canal que da el noticiero matutino. Entonces, con más decaimiento que voluntad, además de la temperatura, H. mira también la nota de una chica argentina de 14 años que, víctima de una enfermedad fulminante, se encuentra en espera de un donante de hígado. El mismo sol que se filtra por las ventanas del departamento es el sol que intenta, inútilmente, calentar a una ciudad de Buenos Aires que está amaneciendo a seis grados centígrados. H. piensa en la temperatura, en la chica, en el hígado, para luego cambiar a un canal de música donde dan un video de Arctic Monkeys, video de una canción que H. disfruta acompañado de un café y una modesta sincronizada. Entonces, mientras sigue el ritmo de la canción con uno de sus pies, se siente sustraerse de las circunstancias y mirarse desde afuera, de la misma manera en que el alma del recién muerto escudriña su cuerpo inerte. Y ahí está H., observándose a sí mismo tomar café, comer una sincronizada y ver un video musical en la televisión. Así pasa que, sin saber exactamente el cómo, H. se da cuenta de que eso es la vida, y consciente del fluido discurrir de los eventos, se apura a terminar su desayuno para posteriormente tomar un baño e irse al trabajo.
viernes, mayo 23, 2008
Historias De Ascensor
Es un domingo de mayo y H. y A. duermen hasta pasado el mediodía. Durante toda la tarde no hacen más que tratar de olvidar el paso del tiempo con charlas vagas y cojas acerca de temas vacíos y banales, fútbol, música, cine, hobbies o gustos o pasiones en las que nada tienen que ver las preferencias del uno con las del otro, por lo que acaban siempre discrepando, y, en el peor de los casos, discutiendo con exagerados gestos y ademanes, lo que sucede en la mayoría de las veces, no siempre, pero sí en la mayor parte de las ocasiones. Después de varios contrastes de opiniones, terminan viendo películas americanas sin sentido, luego de las cuales, cerca de las 2 o 3 de la mañana, un agobiante aburrimiento termina por domarlos y deciden salir de su departamento para perderse por las calles de la ciudad, para disfrazarse, para mimetizarse o para camuflarse en la obscena escenografía urbana. Es así como empiezan caminando en el barrio de San Telmo y terminan dando vueltas en una plaza de Congreso, una plaza amarillenta, con carruseles y columpios y subibajas que pierden existencia a esa hora. Luego de pasar más de cuarenta minutos gastando los tenis y saliva en pláticas que no concluyen en otra cosa que no sea un contrastante disentir de ideas, deciden regresar a casa. Cuando entran al edificio donde viven, ambos ascensores están libres, así que cada uno, tanto H. como A., aborda uno distinto. Debido a la contigüidad de los elevadores, H. escucha con perfección la voz de A., y viceversa, así que A. cuenta, lenta y rítmicamente, del uno al tres, para posteriormente presionar el botón del piso al que van, pero H., por el trastorno del sueño, por el cansancio de la caminata, o quién sabe por qué, aunque lo más posible es que sea por el trastorno del sueño, presiona el botón de la planta baja, así que el ascensor está unos segundos sin moverse. Cuando H. se da cuenta y presiona el botón correcto, ya es demasiado tarde, el elevador de A. ya le lleva unos metros de ventaja. H. llega al cuarto piso, abre las puertas del ascensor, y cuando sale, A. le espera con una sonrisa sardónica y comienza a burlarse de él, pero H. no sonríe ni contesta palabra alguna. Entonces la puerta del departamento es abierta y ambos entran.
lunes, mayo 05, 2008
Vivir Para Escribirlo
H. está en su departamento y decide salir a caminar. Como casi todos sus paseos, este también comienza tarde, pues son las nueve de la noche y H. recién ha iniciado en Paseo Colón un recorrido de incierto destino, quizá hacia Retiro, para después ir a conocer, por vez primera en los más de sesenta días que lleva en Buenos Aires, el barrio de Recoleta. Con un aire de ligereza y dejadez, H. avanza paso a paso mientras va cantando antiguas canciones de su época como universitario, casi todas ellas de bandas inglesas, que se le antojan, no sabe bien por qué, en esta noche templada y airosa. Al llegar a la rotonda donde esta avenida se convierte en Leandro N. Alem, justo frente a la Casa de Gobierno, H. resuelve cruzar la amplia arteria para ir por detrás de la Casa Rosada y rodear menos, caminar menos, administrar sus energías, pues la caminata cantante pinta para ser extensa. H. canta, H. cruza exactamente sobre el paso para peatones, que más que una serie de líneas blancas le parecen la entrada de una jaula subterránea. Absorto en la suave y tibia musicalidad que le envuelve la mente, no voltea a ver si algún auto se aproxima, entonces escucha, más cerca de su oído izquierdo que del derecho, la aguda estridencia de un claxon, así que la música para, H. se detiene justo al pisar la primer línea blanca, y un auto compacto color gris pasa a poco más de un metro de H., a, fácil, más de sesenta kilómetros por hora. H. queda paralizado por unos segundos, retrocede y la descuidada acera lo vuelve a recibir, permitiéndole recobrar aire, conciencia, ánimos, mientras que la luz de peatón se activa. Cuando ésta se enciende, H., frío y transparente, cruza la avenida, que ahora le parece inmensa, insondable, imposible de andar. Cuando llega al otro lado, continúa su recorrido rumbo al norte de la ciudad y comienza ahora a pensar en la fragilidad, en la crisis, en la inconciencia, y cuando deja de pensar en esto, todavía sigue caminando, pero durante el resto de la noche H. no vuelve a cantar.
viernes, mayo 02, 2008
Larga Distancia
Sucede que H. y A., su compañero de viaje, miran la televisión cuando el primero recibe una llamada de su madre, quien está en la ciudad de Monterrey. El teléfono llega a timbrar cuatro veces, H. levanta, ¿Hola?, dice H., ¿H.?, ¿cómo estás, hijo?, pregunta su madre, a lo cual H. responde que bien, que normal, que acá todo tranquilo, que acá no pasa nada, y cosas así, mentiras piadosas del mismo estilo que las mentiras que se aprenden de los libros blancos de la vida, entonces la conversación va cayendo en huecos y baches y abismos de trivialidades que oscilan en lo familiar, en lo escolar, en las desmemorias, en las distancias. De pronto, cuando la plática ha tomado un rumbo inalterable, a H. le dan unas brutales y tremendas ganas de llorar, como es habitual cuando habla por teléfono con cualquier miembro de su familia, pero como es hombre, y los hombres, piensa H., sólo lloran hacia adentro, se muerde el labio y continúa como si nada, con los ojos a punto de desbordarse en lágrimas, a punto de derretirse, como si fuera la bombilla del living un insoportable sol y los ojos unos inanimados cubos de hielo. Cuando la llamada termina, cuando los auriculares se despiden del sentido del oído, el sentimiento de llanto ha pasado, mas no el hueco en el pecho, un hueco en el pecho de los malos, de esos que no se llenan con nada. Mientras H. trata de restablecerse, A. se levanta del sillón donde miraba televisión y avisa que irá a un cibercafé durante una o dos horas. A. sale, presiona el botón del elevador. Cuando H. escucha el sonido del ascensor que está, paradójicamente, descendiendo a la planta baja, toma el teléfono, levanta el auricular y marca un largo número. ¿Bueno?, contesta una dulce voz divina. Mamá, soy yo, dice H.
miércoles, abril 30, 2008
El Cuarenta Y Seis
H. camina hacia la escuela. Ya aprendió que saliendo del edificio donde vive, ubicado en la avenida Paseo Colón, debe andar hacia la izquierda, tomar Carlos Calvo, cruzar dos cuadras hasta llegar a Defensa, calle empedrada que le recuerda sus antiguas y lejanas y grises andanzas nocturnas y no tan nocturnas por el Barrio Antiguo. Al llegar a Defensa, calle que reconoce por el café Havanna que está en la esquina, dobla de nuevo a la izquierda, donde camina cerca de 8 o 9 o quizá 10 cuadras, durante las cuales se encuentra con personas, camiones, taxis, perros y demás fantasmas de ciudad, para minutos después, con la mirada absorta en el sucio pavimento, ir pensando en la tarea que le ha dejado el profesor de la materia de concepto. El brief se antoja fácil, comunicar que el hilo dental Reach, de Johnson and Johnson, es ahora más resistente. Mientras H. camina e intenta gestar algún concepto, llega a Caseros, la avenida donde pasa la línea 39, el colectivo que siempre toma para ir a la escuela, así que voltea a la derecha para posteriormente caminar una cuadra, hasta la parada del camión, bus, bondi, o como se le prefiera llamar. Ensimismado en el brief ya explicado, H. recorre la vista por diversos puntos inanes, ínfimos, y luego la posa en el señalamiento que enlista los números de los colectivos que hacen parada en esa esquina. Sorpresivamente, H. descubre que ahí se detiene también la línea número 46, homónimo de aquel 46 que pasaba frente a su casa, su verdadera casa, su auténtico hogar, ese de toda su vida, y que fue el camión que cientos de veces tomó para ir a la escuela, al centro de la ciudad, al estadio Tecnológico, esa cancha de mierda que sólo visitó en las ocasiones en las que Tigres, el equipo de su alma, también la visitaba. H. deja de pensar en el hilo dental, entonces recuerda que una vez, él, P. y C. estuvieron bebiendo cerveza hasta tarde en casa de éste último, quien vivía cerca de la cancha de mierda ya citada. Recuerda que comenzaron a tomar un sábado por la tarde y terminaron la madrugada del domingo, aproximadamente a las cinco o seis, ya cuando, a pesar de la disposición y total entrega del ebrio espíritu, el cuerpo se encontraba cansado y derrotado, aplastado, desplomado y sin respuesta. H., borracho e insomne, aborda, frente a casa de C., el primer ruta 46 que pasa la madrugada del domingo, para regresar a su modesta casa, ubicada en el otro extremo de la ciudad. H. no recuerda haber sentido la cruel pesadez de los párpados, H. no recuerda ninguna flacidez en las piernas, H. no recuerda haberse dormido apoyado en la helada ventana del camión, pero bien presente está en su memoria la hosca y grave voz del chofer despertándolo en la terminal de la ruta, ubicada ésta en las inmediaciones de la nada amigable colonia Niño Artillero. H., sin una moneda en el bolsillo, borracho y soñoliento, baja del camión y, con una confusa resignación, tiene que caminar cerca de 30 cuadras para regresar a su casa.
domingo, abril 06, 2008
Amanecer Del Hemisferio
H. está enfermo de gripe, H. se enferma con frecuencia, a veces de gripe, a veces del estómago, a veces de mal humor, si es que puede esto clasificarse como enfermedad, a veces, las más, de resaca, pero estos últimos padecimientos, si quieren hablar de ellos, será en otra ocasión. Ahora hablemos de que H. está enfermo de gripe, o gripa, o, lo que es peor, de ambas, y, como hace la gente común, ya que H. es una persona común, decide no ir a la escuela, se queda en su departamento del barrio de San Telmo a guardar reposo. Después de dormir varias horas, le invade un inexplicable e insoportable fastidio de estar acostado, entonces H. se levanta y, después de orinar plácidamente, se dirige al living a ver televisión. Están dando La Pantera Rosa, pero como ha visto ya casi todos los capítulos, baja por completo el volumen y decide que prefiere dejar que Peter Bjorn and John suenen en su computadora, mientras ve la ahora muda tv. De pronto suena el teléfono. H., en el tiempo que lleva viviendo en este departamento, pocas veces ha oído timbrar al aparato, así que, presa de una inquietud y curiosidad irremediables, salta del sillón y levanta apuradamente. ¿Hola?, contesta H. Se da cuenta de que es una grabación quien le llama, así que, de la misma manera en que el piano de cola cae sobre la Pantera Rosa, un témpano de desilusión le cae encima a H. Por favor no cuelgue, le dice una voz femenina, estamos haciendo una encuesta acerca de audiencias televisivas. Entonces H., sin saber exactamente por qué, ya sea por soledad, ya sea por aburrimiento, ya sea por escuchar una voz distinta, ya sea por haber sido seducido por el acento argentino de la grabación, se pone a escuchar con atención las preguntas y a responder, vía teclado del teléfono, si hay en ese momento televisores encendidos en su hogar, el canal que ve, la edad que tiene, su nivel de educación, entre otras. Aproximadamente cinco minutos después, H. termina la encuesta y cuelga el auricular, pero una suerte de vacío o de fragilidad o de abatimiento le invade profundamente, advierte entonces que nadie en sus cabales contesta tales encuestas y, harto de la improductividad e ineficiencia que flota en el aire, se pone de pie, despierta al computador, que, al igual que él, hasta ahora había estado dormido, y se pone, cual poseso, a escribir esto.
sábado, marzo 29, 2008
Cincuenta Dìas
El 20 de febrero de 2008, Heliasàr (en adelante, H.), deja su casa, familia, trabajo, amigos, país, y toma un avión de LAN Chile para cumplir un antiguo sueño, el de estudiar publicidad en Buenos Aires, Argentina. Mínima es la excusa de querer perfeccionar su pensamiento creativo, pues, además de eso, lo que H. en realidad quiere, de una u otra forma, aunque esto casi no lo hace público a nadie, es conocer nueva gente, conocer otro mundo, y, más que nada, retomar la costumbre de escribir, noble hábito que, desde tiempo atrás, tiene algo extraviado. El jueves 21 de febrero, a eso de las nueve de la mañana según el reloj de Chile, H. aterriza en el aeropuerto de Santiago para, antes de llegar al país de los gauchos, pasar una semana de vacaciones en la capital chilena. Luego de seis días, Santiago de Chile es para H. un hostal en la comuna de Providencia, es unas cervezas frías y oscuras en el Budapest, un cerro Santa Lucía, uno San Cristóbal, un Museo de Bellas Artes, una Plaza de Armas, es unas caminatas intensas, perdidas, eternas, por el centro de la soleada ciudad, pero, piensa ahora H., a bordo del vuelo 641 de LAN Chile, que lo llevará a Buenos Aires, que Santiago ha sido mucho más de lo que todas las palabras que caben en su mochila de viajero pueden explicar y construir, por más poéticas y bellas y hermosas que puedan sonar. Finalmente, el 27 de febrero, H. aterriza en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, en la provincia de Buenos Aires, para, ahora sí, instalarse en Capital Federal, estudiar y, quién sabe, quizá también trabajar, nadie sabe qué destinos se traigan entre manos estos horizontes porteños. El caso es que los primeros días resultan, tanto para H. como para A., su compañero de viaje, nefastos, con poca comida, pocas horas de sueño, poca higiene, poca comodidad, inconvenientes que, al paso de las semanas, se van atenuando. Después de que H. ha dejado Monterrey, tienen que pasar 50 días, un hostal en La Boca, hartos choripanes, abundantes panchos, ingentes rebanadas de pizza, miles de pasos extraviados y esquivos por las sucias calles de Buenos Aires, calles que, bien cabe resaltar, están todas llenas de cagada de perro, para que H., quien lucía sumido en una dejadez y en un viaje subterráneo que ni él entendía, abra los ojos y vuelva a escribir. Ahora que lo hace, recuerda las palabras de una gran amiga, L., quien una vez le dijo que observara bien y no olvidara los detalles, aunque también piensa en T., un gran amigo, quien una vez le obsequió unos imanes que decían Observe and write, y también, ya divagando, recuerda a B., quien una vez modificó el orden de estos imanes, para que rezaran Write And Observe. Minutos después de estar vaciando la mente en la hoja de Word, H. se detiene, H. observa, H. piensa, Estoy escribiendo de nuevo, aunque ni él sabe por cuánto tiempo.
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